Bodegón Miramar

Una rotisería que mantuvo su semblante a través de los años

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Bodegón Miramar

Nacida en 1950 en el barrio de San Cristóbal, esta cantina es un viaje en el tiempo por histórica, estética y gastronomía. Lo que se dice “un bodegón, bodegón”. En cuanto a la estética, está intacta. Repisas con botellas, amplios mostradores de madera, jamones colgando del techo, cuadros de la vida porteña en las paredes, y hasta ventiladores de los años 20 (aunque sumaron aire acondicionado). Incluso aún está el emblemático spiedo, porque desde su origen y hasta el día de hoy, no solo es restaurante, sino también rotisería. Así, no solo resurgió para quienes ya lo frecuentaban, sino que volvieron otros clientes, y sumaron nuevos.

Ya instalado en el rubro gastronómico, el lugar fue refugio de referentes de la música porteña, como "El Polaco" Goyeneche o Aníbal Troilo. Todo antes de que el tango saltara de los arrabales a los escenarios. Con el tiempo fue frecuentado por personajes de la política, particularmente del peronismo -aunque también concurrió alguna vez el expresidente Fernando de la Rúa-, de la justicia, y del sindicalismo. Cuentan que el metalúrgico Lorenzo Miguel se hacía ir a buscar todos los días su almuerzo ahí. Del espectáculo, solo por nombrar alguno, Alberto Olmedo iba siempre porque vivía enfrente. Y hoy por hoy, es normal ver a la artista plástica Marta Minujín pasar a buscar una tortilla española para llevarse a su estudio. 

Una gran barra de madera con estanterías por detrás preside el salón de techos altos y ventanales a la calle. En el centro hay una vitrina con recuerdos y botellas de vinos incunables. Aunque lo verdaderamente especial de Miramar es el menú, que sigue ofreciendo platos que hace mucho desparecieron de otros restaurantes: los caracoles, por ejemplo, preparados en un sofrito con salsa de tomate. O el rabo de toro, que se cocina a baja temperatura durante varias horas y se sirve junto a la simpleza sin competencia de unas papas al natural. También las ranas, que llegan fritas y crocantes, y no distan demasiado de un pollo frito, pese a la primera impresión. Se comen con la mano, que después se limpia en una cazuelita con agua y limón.

A más de 70 años de su apertura, Miramar está más vigente que nunca. Dan fe su salón, siempre lleno, ruidoso y alegre, y las filas que se arman cada fin de semana en la puerta.


Rotisería Miramar | Av. San Juan 1999, CABA